Soy tan frágil como un vaso de cristal, estoy repleta de emociones que me conmosionan, y me ahogo en mi misma, en la vulnerabilidad de mi existencia.
Hay fisuras en mi cuerpo, las cuales relleno con amor y ternura, y éstas dejan marcas de color plata talladas sobre mi piel.
Algunos creen que esas cicatrices son hermosas ya que brillan bajo los reflejos de la luz, los rayos que me alcanzan en las mañanas calientan mis adentros acuosos, pero no saben que esos rastros de resplandor grisaseos se vuelven fríos por las noches, transformandose a la misma temperatura del aire helado, más en las veladas oscuras, donde las nubes y el tiempo consumen el espacio entero, y solo el negro abriga como un manto al firmamento.
En esas noches brotan de las heridas gotas del pasado, un llanto silencioso que busca tapar las huellas de metal que han sido talladas en mí, desean recordar la época en las que no estaba tatuadas, un tiempo tan lejano y borroso, como si fuese la visión de otra vida en la que existí.
La risa de una niña se escucha nítida, viene acompañada de la brisa de primavera, donde nació un campo entero de flores arcoíris junto a las buganvilias de mi abuela, y en medio de todo un árbol de jacarandas violetas. Las lágrimas que fluyen riegan cada una de esas plantas que brotan, el presente sana al pasado mientras éste habita en un otoño incierto, aunque por suerte, ve lejano el invierno que la consumiría dejando helado su cuerpo.
Aunque no niega que lo ha añorado. Porque no importa que tanto mi anatomía deteste la tempestad gélida, mi ser a veces desea congelarse y que cada atomo de mi se rompa en fracciones tan pequeñas que se vuelva uno con los granos de tierra, hasta que nadie recuerde la existencia de aquel frágil cristal lleno de plata en sus heridas.
Una paz infinita inscrita en la inexistencia, que aguarda su olvido entre la tempestad emocional, porque mientras habite en el plano terrenal en que me puso el universo, me dispongo a vibrar como el cataclismo que se me otorgó ser.